Ponte esto, dijo, y me puso un gorro de vaquero en la cabeza, es una fiesta de disfraces. Yo sonreí, ella llevaba unos cachitos de diablo rojos... Ahora mira para allá... Su hermana nos tomó la foto más linda que he protagonizado.
Una semana antes, el día de mi cumpleaños, mientras caminábamos buscando un taxi para que regrese a su casa cogí su mano por primera vez. Seguíamos hablando de lo mismo, pero nuestras manos se tocaban. Néstor caminaba con nosotros, también Mandroy y su novia Ximena, que se iba en el mismo taxi. Me apretó fuerte los dedos antes de subirse, desde adentro gritó: Halloween en mi casa, vayan todos!!!
La fiesta era un éxito, conocí a sus amigas, sus hermanas, sus perros, sus gatos, su jardín. La abundancia de pisco me impide hoy recordar detalles de aquella noche. Recuerdo que en un momento la cantidad de gente se había reducido. Me acerqué a ella y cogí su mano nuevamente. Conversamos junto a la mesa del comedor y nos reíamos de lo borrachos que estábamos todos. Ximena convenció a Mandroy de que era hora de irnos todos, la luz del sol empezaba a iluminar las esquinas del jardín donde aun algunos destapaban botellas de cerveza. Mandroy y Ximena se despidieron y me esperaron parados en la vereda. Yo de la mano de la chica con cachitos de diablo me detuve en el umbral de la puerta. Giré... Gracias por invitarnos, la pasé genial... Gracias a ustedes por venir... La besé en los labios.
Afuera Mandroy: ¡Besaste a !... Yo era feliz, así que: los invito a desayunar.


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