miércoles, 12 de agosto de 2009

Sensación

Diariamente aquella sensación iba creciendo. Mientras cruzaba la pista para detener un taxi, al salir de su casa, al beber el café, al anudarse la corbata. Esta situación iba a cambiar, lo veía en la vereda, en el señor taxista, en las tiendas, en el semáforo, en el policía de transito de la avenida Javier Prado.

No más trabajaría para la empresa. Lo decidió un domingo. Imposible trabajar fuera de la capital. Dejar a su familia no era una opción. Suficiente marcar la entrada a las nueve de la mañana, saludar a los compañeros con respeto y cordialidad, amabilidad, protocolo, un total ensombrecimiento de su verdadera personalidad; llamar clientes, salir a buscarlos, adularlos, embaucarlos, desafiarlos, hacerlos firmar documentos tan solo por una cuestión de ego..."pero claro que te puedo pagar la inicial en este momento, vamos al banco" mientras la acompañante de su cliente, excitada, lo coge del brazo y lo besa en el oído. ¿Darle el punto de venta en Huancayo? Ni hablar.

Y asi, la situación cambió. Dejó de ir a la oficina y de fingir amabilidad. Tiene algunos proyectos y todas las ganas, solo que se muere de miedo de que no funcionen. Esa sensación va creciendo y eso lo estresa.


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